1 de agosto de 2013

El "milagro" del doctor Burgos



(...le dije que no había ningún problema,

 que realmente podía realizar la intervención)


Allá por finales de los años 40 del siglo pasado mi familia (que por aquel entonces básicamente eran mi padre, mi madre y mi hermana mayor) se trasladó a Canarias; mi madre describe siempre aquella como una de las mejores épocas de su vida en una isla maravillosa.
 Mi padre compaginaba, ya entrados los años 50, su turno de mañana como médico militar con la consulta privada por las tardes. Trabajaba de sol a sol como todo honrado hijo de la tradición andaluza, aun lejos de su tierra. A menudo mi hermana y los posteriores hijos que fuimos llegando no lo veíamos hasta el fin de semana, a menudo no cobraba.
 Había gente, eso nadie lo niega, pero el número de pacientes no era para tirar cohetes.
 Un día un compañero le pidió que pasara consulta a su padre ciego. Le avisó, eso sí, que ya le habían visto numerosos médicos y ninguno le había conseguido devolver la vista. La familia ya había perdido la esperanza no así el enfermo, que insistía en pedir otra opinión a cada especialista nuevo del que tenía noticia. Le rogó que le tratara con delicadeza pero que no le diera falsas ilusiones puesto que asumían que aquello ya era definitivo. Mi padre aceptó sin problemas.
 Estábamos ya en los años 60.
 Mi padre contaba aquello con muchísima más gracia de la que yo tendré nunca. Más o menos él lo describía así:

 “Examiné a su padre mientras él me observaba de cerca. Cuando terminé le dije que tenía claro cual era el problema y que yo podía operarlo. En ese momento su hijo se puso a hacer aspavientos echándose las manos a la cabeza y gesticulando como si yo me hubiera vuelto loco. Entonces le dije que no había problemas, que realmente podía realizar la intervención y devolverle la vista al paciente”.

 Y así fue. Mi padre operó a aquel hombre que hacía años que había dejado de ver y cumplió sus anhelos. 
 Este caballero era muy conocido en Canarias. Su nombre era Arturo Mestres Barahona y cuenta mi familia que tenía fama de buena persona. Se dedicó a hablarle a todo el mundo del “milagro del doctor Burgos”, de la operación que nadie había querido hacerle y de como le devolvió la vista.
 A partir de aquel momento las colas en la consulta de mi padre, así como su fama, desbordaron todas las previsiones. Tuvo que alquilar una oficina en otro edificio diferente a mi casa puesto que de día y de noche, a todas horas, se presentaban personas requiriéndole una opinión.

 Lo que no varió fue que a menudo seguía sin cobrarles.

 (Dedicado a la memoria de mi padre:
Don Felipe Burgos Fernández
 1913-1988
 Cirujano Oculista)